DDHHyTecno #4 – Creciendo entre pantallas y likes. Infancias, adolescencias y privacidad.

«Lo que me diferencia de mis hijas es que no hay registros de mi infancia.
Por supuesto, no se conocen las tonterías que yo hacía y pensaba de adolescente. Pero los datos que se recolectan de ellas ahora pueden usarse en su contra en el futuro»

Veronica Barassi.

Hace ya un tiempo que tenía ganas de indagar y escribir sobre qué pasa con la tecnología en su vínculo con los niños, las niñas y lxs adolescentes. Quizás porque quienes nacieron en los últimos veinte años son parte de la primera generación que no sabe lo que es NO tener internet (o que, si no la tiene, la desea porque sabe que existe y conoce su potencial: todo lo que podría hacer si la tuviera). Y ni hablar de quienes nacieron sin saber lo que es no tener un dispositivo móvil, como un celular o una tablet, que les permite llevar ese mundo de oportunidades, de entretenimiento y de exploración a donde sea que vayan.

Pero hablar de «infancias, adolescencias y tecnología» es un macrotema inabarcable, así que, para esta oportunidad, elegí reflexionar sobre cómo es crecer expuestx a las pantallas; a las cámaras que registran cada instante íntimo y privado; a la exposición en las redes sociales (ya sea voluntaria, porque desde una edad temprana tienen dispositivos propios, o involuntaria, porque madres, padres y cuidadorxs hacen públicas sus imágenes); y al rastreo y la recolección de sus datos desde antes de que nazcan.

Pantallas y redes sociales

Quien haya prestado al menos algo de atención en cualquier sala de espera en la que hubiera niñxs y adolescentes, habrá notado que, en los últimos años, aumentó el uso de celulares o tablets para que «se queden quietxs», por decirlo como lo escuché más de una vez. En general, en los espacios dedicados a niñxs suele haber libros o algunos juegos o juguetes para que se entretengan mientras esperan, pero incluso en esos casos, muchxs chicxs usan el celular al papá o la mamá (o adultx responsable) o tienen el suyo propio para entretenerse. A veces, son lxs niñxs los que lo piden. Muchas otras, son las personas adultas las que ofrecen el teléfono para calmar las ansias (¿de quién?). Cuántas veces habré visto madres/padres/abuelxs mostrar videos a bebés de apenas unos meses para calmar llantos (cuando todavía esos bebés apenas están desarrollando su visión).

En su libro Los chicos y las pantallas, de 2014, Roxana Morduchowicz cita al psicoanalista francés Serge Tisseron, especialista en la relación de los chicos con la tecnología, y sintetiza cuatro recomendaciones sobre cómo debería ser la incorporación de pantallas como medio de consumo -y producción- cultural de lxs niñxs:

🚫 Evitar exponer a los bebés hasta los 3 años a las pantallas.
🗣 Invitar a los chicos de 3 a 6 años a hablar de lo que ven en las pantallas.
⏰ Educar a los chicos de 6 a 12 años en la autorregulación del tiempo.
📚⚽️ No promover un uso exclusivo de pantallas. Fortalecer la alternancia.

Morduchowicz es doctora en Comunicación por la Universidad de Paris, especialista en cultura juvenil y en la relación de los niños y los adolescentes con las pantallas e internet, y consultora de la UNESCO en temas de educación y tecnologías. En su libro explica que no es conveniente que lxs niñxs menores de 8 o 9 años tengan en su cuarto una computadora o celular con acceso a internet ya que esto habilita a que pasen «más tiempo con los medios y las tecnologías, y además están solos cuando los utilizan. Esto significa que si encuentran un contenido que los angustia, incomoda o enoja, no tienen con quien compartirlo».

Es por eso que aconseja que estos dispositivos estén disponibles en los espacios comunes del hogar, como pueden ser el comedor, la cocina, un escritorio, o el living, para que:

  1. Las tecnologías no sean el centro de sus consumos culturales o de entretenimiento.
  2. Estén acompañadxs en el caso de que tengan una duda o inquietud.

Hasta acá me referí a los contenidos que reciben. Sin embargo, la idea central de las redes sociales es que cada persona sea creadora de sus sus fotos, sus textos o sus videos. Y acá empieza otro tema. De acuerdo con los Términos y Condiciones de uso de algunas de estas plataformas, las edades mínimas para crear una cuenta son:

Sin embargo, cada año aumenta la cantidad de niñxs de entre 8 y 10 años que tienen sus propios dispositivos móviles y sus cuentas en redes sociales. En algunos casos, lxs niñxs mienten la edad a escondidas de sus madres, padres o cuidadorxs. En otros, lo hacen a sabiendas de ellxs o, incluso, lo hacen a pedido de, por ejemplo, las instituciones educativas a las que asistan, ya que sus docentes usan plataformas como Facebook para estar en contacto con ellxs 😱❗️

Según una encuesta realizada en 2018 en escuelas públicas y privadas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por la Defensoría del Pueblo, lxs alumnxs tenían un celular propio desde los 9 (18,9%) y 10 años (30,7%), y comenzaban a usar las redes sociales a los 10 años (33,4%). Sobre esto, Flavia Tipskis, una de las responsables de presentar el estudio, destacó que «las pantallas son un espacio de construcción de subjetividad como lo fueron el club o la esquina en otra época. Los que tienen seguidores tiene un lugar de reconocimiento».

En este sentido, en su libro, Morduchowicz se refiere a la popularidad en la adolescencia: «En esta etapa de la vida, la sociabilidad es fundamental. La popularidad es un valor prioritario para los adolescentes (…) Es tan fundamental que por ella sacrifican su intimidad: si para tener más amigos deben contar más de sí mismos, lo hacen».

Las preguntas que emergen, son:

¿Cómo las usan lxs niñxs y adolescentes? ¿Para qué? ¿Qué entienden de las redes sociales? ¿Qué comparten? ¿Qué sienten sobre lo que ven? ¿Qué sienten o piensan de sus propias publicaciones? ¿Qué buscan? ¿Qué consiguen? ¿Qué pasa con las interacciones: los likes, los retuits, los comentarios? ¿Lo disfrutan, se obsesionan, se angustian? ¿Se conversa sobre el tema en el hogar? ¿Se conversa en la escuela? ¿Son conscientes de su nivel de exposición? ¿Piensan en los posibles riesgos? ¿Y su familia?


«¡Mamá/Papá, borrá mi foto!»

Se usa el anglicismo sharenting 🎬 para describir la conducta de padres, madres y cuidadorxs que comparten en exceso fotos, videos y otros datos sobre sus hijos en las redes sociales.

⚖️ Un dato: En Francia, lxs hijxs pueden demandar a sus padres o madres por compartir demasiadas fotos de ellxs.

Antes de pasar a lo que sigue, te invito a preguntarnos: ¿Por qué se exhibe y expone a hijxs, sobrinxs o nietxs en las redes sociales? ¿Es para compartir con familiares y amigxs? Si fuera solo eso, ¿no tendría más sentido utilizar herramientas de mensajería cerradas? ¿Por qué se publican sus imágenes o se habla de situaciones privadas -o hasta íntimas- ante cientos o miles de seguidorxs o contactos anónimos? ¿Por qué mientras algunas personas famosas hacen todo lo posible para que no se muestre las caras de sus hijxs, otras lxs exponen permanentemente?

Muchas veces, el orgullo de mostrar situaciones o momentos tiernos, divertidos o interesantes funciona como impulso y no se tiene en cuenta que se está exponiendo al niñx o adolescente a situaciones humillantes, que pueden ser motivo de burla, o que pueden ponerlx en peligro o marcarlo en un futuro.


¿Qué derechos tienen niñxs y adolescentes?

En el marco del vínculo de las infancias y adolescencias con las tecnologías hay muchos riesgos y derechos en juego. En esta oportunidad, me interesa enfocarme en los siguientes (que se corresponden con los artículos que menciono más abajo entre paréntesis):

  • Interés superior del niño: Entendido como un derecho, un principio interpretativo y una garantía constitucional a fin de que se favorezca su desarrollo integral, tanto físico, psicológico, moral y social.
  • Derecho a la imagen: El Código Civil y Comercial de la Nación (CCCN) dice que «para captar o reproducir la imagen o la voz de una persona, de cualquier modo que se haga, es necesario su consentimiento». El derecho a la propia imagen es un derecho personalísimo, exclusivo, autónomo, como emanación de la personalidad, contenido en los límites de la voluntad y de la autonomía privada del sujeto al que pertenece. Y este derecho se extiende a la utilización de la imagen, de modo de poder oponerse a su difusión cuando esta sea hecha sin su autorización. Esto también está contemplado en el artículo 31 de la Ley de Propiedad Intelectual (11.723), que prohíbe la reproducción de la imagen.
  • Derecho a la dignidad: Las niñas, niños y adolescentes tienen derecho a ser respetados en su dignidad, reputación y propia imagen. Es por eso que en la Ley 26.061 dice expresamente: «Se prohíbe exponer, difundir o divulgar datos, informaciones o imágenes que permitan identificar directa o indirectamente a los sujetos de esta ley, a través de cualquier medio de comunicación o publicación en contra de su voluntad y la de sus padres, representantes legales o responsables, cuando se lesionen su dignidad o la reputación de las niñas, niños y adolescentes o que constituyan injerencias arbitrarias o ilegales en su vida privada o intimidad familiar».
  • Derecho a la intimidad: Este derecho comprende el derecho de controlar la información relativa a ciertos aspectos de la vida. También la potestad de oponerse a toda investigación en la vida privada por terceros y a la divulgación de datos privados o íntimos. Especialmente los relacionados a la vida familiar y afectiva.
  • Autonomía progresiva: El CCCN, en su artículo sobre responsabilidad parental, se refiere a la autonomía progresiva del hijx, conforme a sus características psicofísicas, aptitudes y desarrollo. Por lo que, «a mayor autonomía, disminuye la representación de los progenitores en el ejercicio de los derechos de los hijos». Por esto mismo también es importante que, en el uso y apropiación de las tecnologías, no haya control por parte de lxs adultxs, sino acompañamiento.
  • Derecho a ser oído y escuchado y a que su opinión sea tenida en cuenta: La Convención de los Derechos del Niño dice que los Estados Partes deben garantizar «al niño que esté en condiciones de formarse un juicio propio» su derecho a expresar su opinión libremente en todos los asuntos que lo afectan, que debe tenerse debidamente en cuenta, en función de la edad y madurez del niñx.

Este es el marco regulatorio que contiene los derechos enumerados:

Es necesario destacar que, en Argentina, la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre, la Convención Americana de Derechos Humanos (conocida como el Pacto de San José de Costa Rica) y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos tienen rango constitucional desde la reforma de la Constitución Nacional de 1994 (artículo 75, inciso 22). ¿Qué quiere decir esto? Que tienen el mismo nivel jerárquico que la Constitución, y un nivel superior a las leyes nacionales.


Lo íntimo, lo privado y lo público

Roxana Morduchowicz advierte sobre los riesgos en la seguridad de niñxs y adolescentes en los casos en que «se publican imágenes que incluyen información personal no conveniente. Por ejemplo, cuando la foto refleja detalles de la casa donde viven, de su habitación, o los muestra a ellos mismos con ropa que indica sus actividades cotidianas (por ejemplo, con el uniforme del colegio o la camiseta del club). Las fotos que no conviene subir son aquellas que brindan información de índole privada, las que dan cuenta de la cotidianidad del chico o las imágenes que podríamos llamar íntimas o muy personales».

Es necesario, entonces, que lxs adultxs aprendan y enseñen a niñxs y adolescentes a distinguir entre qué forma parte de lo íntimo (personal), lo privado (para algunos) y lo público (para todxs). ¿Qué es lo íntimo? Lo que corresponde al mundo interior de la persona, su singularidad, su personalidad, su identidad, sus secretos y acciones personales.

Como afirma Byung-Chul Han en su libro La sociedad de la transparencia, «sin duda, el alma humana necesita esferas en las que pueda estar en sí misma sin la mirada del otro». Desde algunos sectores intenta instalarse la idea de que ya no existe la privacidad, que ya «perdimos». Sin embargo, Han dice que esta idea de post-privacidad es ingenua: «Esta exige en nombre de la transparencia un total abandono de la esfera privada, con el propósito de conducir a una comunicación transparente. Se basa en varios errores. El hombre ni siquiera para sí mismo es transparente».

En su libro Infancias entre pantallas, Carolina Duek, doctora en Ciencias Sociales (UBA) e investigadora del Conicet en temáticas vinculadas con la infancia, los medios de comunicación y los juegos, explica que «en nuestra vida cotidiana interactuamos con muchos grupos diferentes (amigos, compañeros de trabajo, jefes, hijos, padres). No somos siempre ‘los mismos’ (…) En este sentido, Goffman sostiene que ‘el mundo es un teatro’ en el que nosotros, en tanto actores, desempeñamos diferentes roles en función de la situación en la que estamos inmersos». Otra vez, más preguntas:

¿Qué pasa, entonces, con el «yo» que se expone en las redes sociales? ¿Quién es?
¿Es distinto de acuerdo a la red social? ¿Qué pasa con ese «yo» en las redes sociales en las que se mezclan los grupos?
¿Qué efecto tiene esto en lxs niñxs y adolescentes que todavía están construyendo su propia subjetividad?
¿Cómo es el desarrollo de una subjetividad que se expone a la mirada ajena, masiva -y, muchas veces, anónima- desde la niñez?
¿Qué pasa cuando lo íntimo se hace público? 

¿Cómo es crecer entre likes?

🎬 Veronica Barassi. Qué saben las compañías de tecnología sobre sus hijxs

Últimamente se escucha hablar o se leen artículos sobre el sharenting, que es un término que se utiliza para nombrar la práctica de lxs padres/madres que comparten en exceso fotos y otros datos sobre sus hijxs en las redes sociales. De hecho, lxs adolescentes o niñxs que hayan nacido en los últimos 15 años son la primera generación en heredar una presencia en las redes sociales -junto con los riesgos para su privacidad- que no pidieron.

Cuando aceptamos términos y condiciones de uso de las aplicaciones que descargamos en celulares, computadoras, consolas de videojuegos, les damos el derecho a las empresas  de hacer lo que quieran con nuestros datos y con los de nuestrxs hijxs. En su charla TED de noviembre de 2019, Veronica Barassi se pregunta: ¿Cuántas cosas revelamos sobre nuestrxs hijxs y qué implica esto?

Pero Barassi no se limita a responsabilizar a padres y madres por compartir datos o información sobre sus hijxs. Dice que el problema es mucho más grave. ¿Por qué? Porque el problema NO son los individuos sino los sistemas. Por primera vez en la historia estamos rastreando la información de cada niñx desde mucho antes de nacer y durante todas sus vidas.

Según una investigación del British Medical Journal de 2019, de 24 aplicaciones de salud, 19 compartían información con terceros y esos, a su vez, compartían información con otras 216 organizaciones, de las cuales solo TRES eran del sector de la salud. ¿El resto? Grandes empresas de tecnología (como Facebook, Google u Oracle), empresas de publicidad en internet y una agencia de crédito al consumo. Sin embargo, la antropóloga asegura que esto es solo la punta del iceberg.

¿Qué otras tecnologías se utiliza para rastrear a lxs niñxs en su cotidianeidad? Sólo algunos ejemplos:
En sus casas 
Con dispositivos y asistentes virtuales.
Con juguetes con conexión a internet y juegos online.
En sus escuelas
Con herramientas de tecnologías de infocomunicacionales (TICs) y aulas virtuales.
En sus consultas médicas
Con portales web e historias clínicas digitales.

¿Por qué importa que se rastree todo lo que hacen lxs niñxs? No solo se hace seguimiento de cada persona, sino que se las clasifica de acuerdo con lo recolectado.

Con la inteligencia artificial y el análisis predictivo se aprovechan los datos de cada persona (de distintas fuentes, desde hábitos de compra hasta comentarios en redes sociales), se combinan y se sacan conclusiones de esa persona (inferencias). Estos perfiles que se hace de las personas (adultxs, niñxs y adolescentes) puede afectar derechos fundamentales.

Como ejemplo, Barassi se refiere a una investigación realizada por un equipo de la Universidad de Fordham (Nueva York) titulada «Transparencia y mercado de datos de estudiantes».  Lo que se descubrió es que los datos recolectados de formularios de webs de planificación educativa, que completan estudiantes que buscan becas o un plan universitario, se vendieron a brokers de información educativa y que estas empresas clasifican a niñxs de incluso dos años (!) según categorías como etnia, religión o ansiedad social. ¿Qué hacen después? Venden estos perfiles junto con datos personales de la persona (incluyendo su nombre y domicilio) a diferentes empresas.

¿Quiénes usan (o podrían usar) esta (y otra) información?
Los bancos: para dar préstamos.
Las aseguradoras: para las primas.
Las empresas, empleadorxs y consultoras de RRHH: para analizar a candidatxs para un puesto de trabajo.
La policía y los juzgados: para saber la probabilidad de que alguien cometa un delito o reincida.

Barassi concluye, así, que «tenemos que abandonar la creencia de que estas tecnologías pueden hacer un perfil objetivo de los seres humanos y que podemos confiar en ellas para tomar decisiones basadas en datos sobre las vidas de los individuos. No pueden clasificar humanos porque los rastreos digitales no reflejan quiénes somos«. La naturaleza humana es compleja e impredecible y lo que se necesita es una solución política: que los gobiernos vean que la protección de datos es un derecho humano.

Veronica Barassi es antropóloga y profesora de Estudios de Medios y Comunicación en la Escuela de Humanidades y Ciencias Sociales (SHSS-HSG) de la Universidad de St. Gallen, así como la Cátedra de Medios y Cultura en el Instituto de Gestión de Medios y Comunicación.

Juegos, juguetes y tecnología

«El aburrimiento es un gran problema contemporáneo», dice Carolina Duek en Infancias entre pantallas, y explica que «el juego es una práctica característica de la infancia y que es importante como manera de acceder a un modo de comunicación con los adultos y sus pares. Jugando no solo actúa la imaginación y la creatividad, sino que también se ponen en escena los intereses, las ansiedades, los miedos y todo aquello que los más chicos procesan día a día en su relación con el entorno».

En 2014, como resultado de una investigación que dirigió, Duek publicó el libro Juegos, juguetes y nuevas tecnologías, en el que, a partir de entrevistas a niños y niñas, analiza sus elecciones, preferencias, descartes, sus juegos y sus amigos. A diferencia de lo que plantea Morduchowicz al citar a Tisseron, Duek considera que hay que correrse de los planteos del estilo a «todos los chicos menores de 4 años les hacen mal las pantallas» y que hay que empezar a pensar qué significa para esos chicos esa experiencia.

🎬 Con el tema de ese libro como disparador, Carolina Duek conversó, a comienzos de octubre, con el filósofo Tomás Balmaceda, especialista en cultura pop y nuevas tecnologías. La conversación fluye entre el uso de pantallas en la pandemia, la recomendación de juegos y cómo acompañar a lxs niñxs en esos usos, todo con la simpatía, el carisma y el profesionalismo de ambxs.

Fuente de la imagen de portada: https://www.latercera.com/paula/por-que-los-ninos-se-sacan-selfies/